
Ya estaba resignada a la idea de no ir a Cuba hasta el 2010, pero nada más que aflojaron las restricciones se me encendieron todos los bombillitos de las ganas y no hacía más que pensar en eso.
Primero, como ya tenía hasta planes hechos para las vacaciones, me hice la dura y me dije que los planes iban, que había mucha piedra vieja por ver en el mundo, que Cuba me la sabía de memoria, que el viaje a la islita tendría que esperar. Pero las ganitas de reencontrarme con los míos, el saber que estaban tan cerquita, el imaginarme esos cariños ricos, me fueron cuqueando y cuqueando. Al primer contratiempo con mis planes, cambié el rumbo para cubita como juan-que-se-despetronca.

Capítulo 1: Conseguir pasaje.
El asunto de los vuelos Estados Unidos–Cuba es complicado. Al no existir vuelos regulares, y unos pocos vuelos charter tener permiso para aterrizar en la isla, no existe competencia, sino aprovechamiento de la circunstancia. Podría decirse que los vuelos a Cuba son como una mafia, entre todos tienen fijada una tarifa que imagino les dé tales beneficios que al diablo la competencia. Con lo que cuesta un pasaje a Cuba puedes ir a Europa si buscas bien.No se pueden comprar los boletos por internet, qué va, hay que ir a una agencia. Las agencias son al estilo cubano de espérate un momentico, o yo te llamo para confirmarte. Ni los mismos operadores de las agencias (al menos el par que yo conocí) tienen acceso inmediato a la información de disponibilidad. Llego y le digo: ¿habrá vuelo para el 23? Y me dice: mira, mejor preparamos la reserva y yo te lo confirmo. Le digo: ¿no lo puedes chequear en la computadora ahora mismo? Me dice: no no, eso no funciona así, mira, preparemos toda la reserva de ida y vuelta, entonces yo llamo a las muchachitas de la charteadora y ellas me dicen si hay cupo entonces te confirmo. Así fue el llama para allá y para acá hasta que encontraron algo que me convino.
El día que recogí el pasaje me sorprendí al ver que no decía por ningún lado la hora de salida del avión, solo la hora a la que había que estar en el aeropuerto. Asumí que obviamente el avión saldría 3 horas después, como es el estándar en los vuelos internacionales. Me sentí incómoda por eso de no decir la hora de salida del vuelo, a los cubanos siempre tratándonos como tontos, los cubanos mismos tratándonos como tontos. ¿Para qué decirte a qué hora sale el avión y que tienes que estar 3 horas antes? Mejor te digo una sola cosa: a qué hora tienes que estar en el aeropuerto, así no te me confundes que tú eres muy tonta, tú ven a esa hora y siéntate tranquilita ahí.
Capítulo 2: Las maletas
Los equipajes son complicados también. Hay que aprenderse dos conjuntos de restricciones (las de la aerolínea y las especialísimas restricciones cubanas) y preparar un equipaje que se encuentre en la intersección de los dos conjuntos permitidos.
Aquí les paso a groso modo las restricciones en el momento de mi viaje por si le son útiles a alguien. De todas maneras, confirmen bien antes de viajar que estas cosas cambian frecuentemente.
La aerolínea: Las restricciones en peso y volumen de los equipajes coinciden con las que en general tienen todas las aerolíneas. Las maletas de la barriga no más pesadas que 70 lb cada una. Las primeras 44 lb gratis, de ahí en adelante, un dólar por cada libra. Me parece que además cobraban una cantidad fija extra por cada maleta, pero no estoy segura.
Cuba: Se permiten 30 kg por los que no hay que pagar nada. A partir de ahí se pagarán 10 cuc por kilogramo extra, sin exceder los 20 kg extras (casi que hay que llevar oro molido o cocaína para que los kilogramos extras valgan la pena, ja). La comida y los alimentos están exentos de pago, y no cuentan en los 30 kg libres. Se puede llevar de comida y medicinas cuánto se quiera. Eso sí, deben colocarse en un maletín aparte para que sea fácil no pesarlos. Por los equipos electrónicos hay que pagar su precio completo en cuc, que no es el precio que tú digas, sino el que allí tienen estipulado para cada tipo de artefacto. No me sé las tasas, pero los DVDs son 30 cuc. Estuve mirando el sitio de la Aduana de la República de Cuba para ver si me encontraba detalladitas todas las restricciones, y no me encontré nada que realmente sirviera (claro, encontré que no se pueden entrar ni bombas ni antenas satelitales, pero hay muchas más restricciones que esas). Si alguien lo encuentra, que pegue el enlace en los comentarios.
Capítulo 3: Montarse en el avión
Llegó el gran día. Qué ricura, mi madre. Despertarse un sábado a las 7:30 de la mañana es sacrilegio, pero ese sábado mi sonrisa era de oreja a oreja cuando sonó el despertador. Rapidito me bañé, desayuné, ultimé detalles y partí para el aeropuerto. A las 9 en punto estaba allí, como mismo decía mi pasaje. Llegué a donde se chequea, una cola de 2 personas, una maravilla, chequeé perfecto, pagué, todo en orden, 9:15am, me entregan mi pase a bordo y… el infarto! El pase a bordo decía que el vuelo saldría a la 1:30 pm, qué insulto. Me habían hecho estar en el aeropuerto con 4 horas y media de antelación, como si mi tiempo no valiera nada. Yo considero que las 3 horas que normalmente se dan son bastante conservadoras, por eso generalmente llego un poco tarde. En este caso imaginé que con Cuba y los cubanos todo iba a ser complicado, muchas maletas tal vez, que sería aconsejable andar piano. Pero es que 4 horas y media es una barbaridad, ni que fuera un lanzamiento de un transbordador espacial y yo una cosmonauta.
Ya no los quiero agobiar con la letanía de la espera. Solo un detallito: el avión salió a las 2:30 pm.
Capítulo 4: El avión
Los pasajeros de aquel avión servíamos para hacer una novela. De todo había, se imaginarán que con tanta espera me dio tiempo a entretenerme en estudiar a la gente, y escuchar de refilón una que otra conversación. El factor común era la emoción por el reencuentro y la añoranza. Unos que viven allá, otros que van frecuentemente, algunos solitos aquí, otros que solo queda uno allá. El que fue el año pasado y el que no ha ido en 30 años.
Mi sorpresa fue cuando en el avión mandaron a apagar los celulares y la gente seguía hablando por ellos; cuando mandaron a enderezar los asientos y recoger las mesitas, y la gente no hacía caso; cuando, con el avión despegando y aterrizando, andaban de aquí para allá como en una discoteca. Es como si las aeromozas no existieran, una indisciplina general. En algún vuelo he visto a una aeromoza ejercer su autoridad con un pasajero revoltoso. En este caso las aeromozas ni se esforzaron, dijeron las cosas una vez y se fueron a sus sillitas. No sé si será que están adaptadas a estos cubanitos sin educación o que no hay quien pueda con 100 pasajeros tan indisciplinados. Ay, qué pena, mi madre.
Yo a veces me he cuestionado la efectividad de algunas medidas como esa de “apaguen todo equipo electrónico”, pero jamás se me ha ocurrido incumplirlas, ni he visto en general actitudes negativas por parte de la gente; todo el mundo, educadamente, hace lo que le indican.
Capítulo 5. El aeropuerto José Martí
Me había preparado psicológicamente para la aventura de horror y misterio que podía ser la aduana en Cuba. Precisamente por eso había preparado mis maletines con disciplina. Sin embargo, para mi sorpresa, lo encontré todo fluido, eficiente, y respetuoso (estoy hablando del aeropuerto, no de las regulaciones aduanales que ya sabemos que son unas machaca-cubanos-de-aquí-y-de-allá).
En menos de media hora estuve fuera (no se confíe basado en mi experiencia, para algunos de mis amigos el aeropuerto de la Habana ha sido una verdadera pesadilla).
Bajándote del avión caminas por la pista un pedacito (jeje, welcome to Cuba) y entras a una nave. Ahí llenas unas planillitas de inmigración y salud. Pasas inmigración, pasas los rayos X (te detectan los DVDs que llevas en equipaje de mano), y llegas a la zona de las esteras donde están los maletines de la barriga del avión. Sorprendentemente estaban ya nuestros maletines ahí. Todos los maletines idénticos, azulitos que es el color del nylon con que los envuelven en el aeropuerto. Todos quedan como unos huevos azules irreconocibles. Buscar tu maletín es como buscar a tu gallina blanca en una granja avícola. Por eso es aconsejable amarrarle una cinta o algo, porque el papel con el nombre que le ponen cuando lo envuelven no es suficiente para que el reconocimiento sea fácil. Mis maletines, como los envolví yo, eran verdes, jeje, resaltaban a mil leguas.
De ahí para la pesa. Los maletines de comida ellos los detectan solos y vienen con unos cuños puestos, por eso no se pesan. Los otros se pesan sin miseria (y según mis cálculos, la pesa de allí me dio 5 libras más que la pesa de aquí, pero eso son especulaciones mías). De la pesa para la caja a soltar el dinero.
Y… ya eres libre! Atraviesas la puerta de cristal y ves a la multitud que espera a los suyos. Loquita miro entre la gente, reconozco a mi tropa, que contentura mi madre, empiezan los abrazos, los besitos, más abrazos, más besitos, las fotos, más abrazos, una que otra lagrimita, apretones, en fin… la felicidad misma.
