lunes, 5 de octubre de 2009

Cruzar el Atlántico

Azotea de la Casa Milà (La Pedrera). Barcelona.

He cruzado el Atlántico por primera vez en mi vida. Para qué mentir, cuando vi la primera tierra del lado de allá, la costa de Portugal, hasta se me aguaron los ojos. Soy una sentimental, lo sé, y eso que Portugal no tiene ningún significado particular para mí, lo vi a unos cuantos miles de pies de altura y ni siquiera lo visité (aunque quiero). Fue el hecho de saberme en Europa lo que me emocionó. Otro sueño cumplido :-)


Plaza San Pedro, Vaticano.

¿Que si me ha gustado Europa? ¡Me ha encantado! Lo que he visto no ha sido más que un flashazo. Un par de semanas de turismo apurado en Italia y España. Pero el viejo continente no me ha defraudado. Es tan bello como lo imaginé, tan cosmopolita y cultural. Ya quiero volver. No me van a alcanzar las vacaciones de mi vida entera para pasearlo como quiero, pero poco a poco cubriré lo que el bolsillo y el tiempo me permitan.



El oso y el madroño. Madrid.

Y es que este viaje, aparte de ser un choque soñado con la piedra vieja, es un fruto más de mi emigración y eso tiene mucho significado. Nadie me tuvo que poner ninguna carta de invitación, ni pagarme los gastos, ni llevarme de aquí para allá como niño chiquito dándome de comer y entrándome a los museos. Es muy incómodo viajar subsidiado, sobre todo cuando uno no tiene ningún impedimento para valerse por sí mismo excepto el de ser cubano residente en Cuba; incapaz de pagarse, con el salario de las mismas horas de trabajo e incluso el mismo contenido de trabajo que su homólogo extranjero, las necesidades básicas; incapaz de obtener un permiso de salida sin tener un benefactor que ponga la carta de invitación.

Ahora, cuando el gorrión me muerda porque extraño a los míos, me pondré a mirar las fotos del Puente Viejo, la Fontana di Trevi, la plaza San Marcos, la casa Batlló y la puerta de Alcalá. Y también les pasaré las fotos a los míos para que las vean si me extrañan. Para que se consuelen viendo las alas que me salieron desde que emigré. Y para que también ellos viajen, aunque sea a través de mis ojos. Qué triste que sea así.

Battistero di San Giovanni. Florencia.

Otra maravilla de mi viaje fue el encuentro con buenos amigos. Esta Cuba desangrada con hijos por todas partes. ¡Ay qué ricos los reencuentros! Se siente un poco raro al principio, cuando nos dejamos de ver éramos todos igualitos, teníamos la misma realidad. Ahora cada uno vive en un lugar distinto y ¡tanto nos ha cambiado la vida! Pero desde el primer abrazo estamos en sintonía. Empiezan entonces las preguntas: ¿cómo está la cosa? ¿te gusta aquello? ¿cómo está el asunto del trabajo? ¿ y la salud? ¿el dinero alcanza? ¿hay mucha gente de la nuestra por allá? Y las conclusiones son que estaremos lejos o solos, pero somos libres y autónomos, eso nos hace felices. Nos sentimos que estamos dictando el rumbo de nuestras vidas, somos dueños de nosotros, ¡hurra!

Venecia.