domingo, 2 de agosto de 2009

Pensamientos locos al volver


Volver a Cuba por primera vez luego de residir en el extranjero fue muy emocionante. Unos cuantos pensamientos locos me rondaron por varios días y aquí los quiero compartir, porque, como dice Patry, hay muchos Marcos Pérez en Buenavista, tal vez a alguno de ustedes le pasó igual.

Nada más tuve el viaje seguro y el pasaje en mano, comenzó el miedito a no poder regresar. Es un pensamiento en gran medida absurdo que consiste en el temor a ir y que no me dejen volver a salir de Cuba. Digo en gran medida, porque en sentido general eso no sucede, aunque hay sus casos. Los cubanos promedio van y regresan. Pero aunque la posibilidad sea tan remota como el 0.001% (estoy inventando esta cifra), es una idea tan terrible, que mi cerebro jugó con ella. Me imaginaba quedándome atrapada en la isla lamentándome, pensando en mi vida de aquí, indefensa, como cuando uno mira una película linda que se acaba y vuelves a la inexorable realidad. Toda mi vida de aquí congelada sin dueño. Aunque siempre fue una idea terrible revoloteando en mi cabeza y no se convirtió en un miedo real, es evidencia del trauma que nos dejan los largos años buscando una salida. Me sorprendí tomando medidas y disposiciones de última hora por si acaso, como si de verdad eso me pudiera pasar: cojan mis ahorritos, vendan mis pocas pertenencias, y mándenme lo que se reúna, para ver cómo vuelvo a escapar, jajaja.

Estando ya en Cuba vino otro pensamiento loco: yo nunca he vivido fuera de aquí. La realidad de Cuba me es mucho más familiar que mi realidad actual, por mucho tiempo viví en mi isla y aquí soy una extraña aun, a los dos días de estar en Cuba ya me parecía que nunca me había ido.

No sé cuántos años harán falta para que sea más de aquí que de allá, tal vez eso no llegue nunca, no me amilano, no me importa no ser de aquí siempre que me sienta suficientemente bien, y me siento. El primer día en Cuba me sentía recién llegada, aturdida, eufórica por el rencuentro. Tal vez eso me duró un par de días… a partir del tercero me sentí como pez en el agua, me absorbió mi antigua cotidianeidad, como si no me hubiera movido de allí ni por un segundo. Mi vida anterior, mucho más enraizada que la vida de emigrante, se apropió de mi cerebro, y mi vida real se volvió un lejano recuerdo. Digamos que recordaba mi vida aquí, la que había abandonado solo unos días antes, como un viaje al extranjero que había hecho hacía un par de años. Si lo miramos desde una óptica optimista, eso fue muy bueno, porque disfruté un alejamiento total de mi realidad actual, y disfruté profundamente mi viajecito apurado. Nada, que me dejé engañar por mi cerebro y me gustó. Claro, siempre anduve por la parte rica de la realidad de Cuba, la que se añora cuando uno emigra, no la triste vida de desencanto y vicisitudes.


El tercer pensamiento loco lo viví al volver: mi casita en Cuba está a un paso y puedo llegarme a comer a la salida del trabajo. Será que yo no había interiorizado lo cerca que estamos, que en 45 minutos cruzo el mar y en 45 más voy por carretera de la casa al aeropuerto y del aeropuerto a la casa, que en hora y media llego de casa la casa de allá a la casa de acá. Que se puede desayunar en un lado y almorzar en el otro. Que no sería descabellado ir un fin de semana al mes si los pasajes costaran lo mismo que cuestan a otras islas del Caribe (y se pudiera, claro). Yo sé que estamos pegaditos, que en el mapa se ve, que la boya de Cayo Hueso dice 90 millas, pero las grandes barreras migratorias siempre me pusieron a Miami igual de lejos que Tasmania, para los cubanos en Cuba el resto del mundo es casi inalcanzable.

Ahora que emigré, y que he ganado en ventajas que hasta me hacen sentir culpable, porque no soy yo nada mejor que los muchos otros que todavía no lo han logrado; ahora para mí La Habana y Miami están a un año y 500 usd de distancia.

2 comentarios:

Michel Triana dijo...

Muy bueno Cristina, me gusta como escribes. Soy Michel Triana, ex-alumno tuyo en matcom.

Lourdes dijo...

Yo sueño una vez a la semana, como si fuera un ritual, que voy a Cuba y que no puedo irme más. Que trato de utilizar el teléfono y no me funciona, que trato de sacar dinero con la tarjeta y no me funciona, que me llaman del trabajo diciendo que no puedo regresar porque se acabaron mis vacaciones y no estaba allí. Sueño también que viajo en poquísimo tiempo de mi casa a la de mi mamá, cosa que vistas las distancias podré hacer solo en sueños, porque a menos que alguien invente un avión que va a 5000 km/h nunca llegaré a apretar a mi mamá en menos de 12 horas. Pero a veces creo que más que prestada en este país estaba prestada en Cuba, cuando volví sentí cosas muy extrañas que me hacían sentir un poco culpable de querer regresar a mi lago. Me sorprendí pensando "menos mal que es sólo una semana y que dentro de poco regresaré a mi vida cotidiana", la vida que vivo sólo desde hace dos años, pero que me gusta más que mi vida de 25 años, a pesar de la falta de cariños cubanos, que son incomparables y que no encontraré en nadie más de este lado del océano. En Cuba no había cambiado nada, las cosas no estaban más sucias ni más limpias y yo me bañé con gusto con un cubito de agua, porque estaba en el baño de mi mamá y hablaba con ella mientras me "duchaba", pero me convencí que en la vida a veces se pasa "el punto de no retorno", y mi amiga, tú y yo y un montón de gente como nosotros ya lo pasó, no creo que podamos volver a nuestra vieja vida sin lamentarnos y sin sufrir 100 veces más de lo que lo hacíamos antes de atravesar un mundo de agua. Somos todos un poco "Lucas y Lucía"...